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Aquella desgracia…

Era un sábado cualquiera, en la plaza de siempre, la gente de siempre, las risas de siempre…pero algo había cambiado. En el aire se apreciaba un extraño olor. Todos sabíamos lo que era, pero a pesar de eso, nadie decía nada. Fue Ivet, la más atrevida del grupo, la que dio el primer paso: -Hey tú, el nuevo ¿Me das una calada?

Pablo, el nuevo, asintió y sonriendo tímidamente le pasó aquello.

Yvet le metió una profunda y larga calada, mientras todos la mirábamos asombrados. Ella tan sólo nos miró y dijo –Que rule!- y aquella desgracia fue pasando de boca en boca. Todo empezó así. A partir de ese día, no sólo Pablo fumaba, sino que todos teníamos ya por costumbre formar submarinos de humo. Al principio era divertido; todos nos reíamos por cosas sin importancia. Nos creíamos los amos. Pero no éramos más que simples marionetas de esa desgracia. Al poco tiempo no sólo fumábamos en la plaza los fines de semana, sino que se convirtió en algo diario y ordinario. Nos quedamos sin dinero y decidimos juntar lo que llevábamos para obtener aquello que nos hacía sentir tan bien. No conseguimos mucho, así que decidimos “tomar prestado” dinero de algunos establecimientos del barrio.

Eso se fue convirtiendo en algo habitual hasta que nos denunciaron, y aquí estamos, en un centro de menores.